3.0

Ensayo con luces y sombras.

Es difícil evaluar esta obra, pues por momentos me ha resultado insufriblemente superficial mientras que en otros momentos me ha parecido sumamente elocuente y elegante. Por un lado, como ensayo la obra es poco sistemática, esbozada a pinceladas gruesas a capricho de la autora, donde igual le dedica cuatro páginas a Heródoto pero ni una a Epicuro, pero te habla del bullying que sufrió (los niños pueden ser crueles), aun subrayando que su padre y madre fueron seres maravillosos (la familia es perfecta).

Hay cierto tufillo políticamente correcto, impropio para un ensayo actual que se precie (i.e. la tecnología moderna es maravillosa para la autora, algo que resultará complaciente para el lector, pero que resulta una superficialidad como un templo), aunque a veces, por suerte, la autora se "moja" y puede criticar la cultura de "la cancelación" (aunque luego no predica con el ejemplo al no contextualizar adecuadamente su critica a Sócrates y Platón). El que haya sido premiada con el Premio Nacional de Ensayo me resulta un tanto extraño, pues este galardón se ha concedido a obras que, generalmente, aportaban una tesis nueva o, si no, prometían grandes dosis de crítica. No veo que este sea el caso de Irene Vallejo, a la que veo más bien como una brillante articulista y una notable defensora de la cultura clásica.

Por un lado, hay mucha autocomplacencia (insertos biográficos con claro aroma narcisista), complacencia (hacia el lector, para que éste asienta), estilo literario propio de un Premio Planeta (metáforas cursis harto conocidas), falta de profundidad (i.e. cuando trata el tema de la oralidad y la escritura, tema del que le faltan varias lecturas), mitificaciones fuera de tiesto (i.e. hacia Alejandro Magno), criticas poco matizadas (i.e. exabruptos hacia Sócrates, Platón o Marcial en los que falta contexto y comprensión), eurocentrismo a muerte, mucho dato anecdótico y ciertas veleidades en la interpretación histórica, filosófica y antropológica. El bajo continuo de la argumentación es siempre el mismo: los libros son el bien (sólo al final enunciará, en voz baja, que también pueden conllevar el mal).

Por otro lado, hay artículos de una gran calidad, tanto literaria como divulgadora. Los ejemplos son numerosos. El par de páginas que dedica a Heráclito, donde lo resume de modo impecable haciéndolo bien accesible al lector; las que dedica a Heródoto (muy atinada la frase: "Es el otro el que me cuenta mi historia; el que me dice quien soy yo"), a la rebelión "feminista" durante el siglo V a. C:, a Esquilo, a Aristófanes y el humor; a la fábula grecorromana, etcétera. El texto está repleto de datos llamativos que poseen valor por si mismos y sabe conectar muy bien la herencia del mundo clásico en el mundo actual, aunque quizás lo remacha demasiado. Y, en ocasiones, también se pueden encontrar reflexiones de calado.

No obstante, y sin que esto suponga defender que cual lectura es válida por ser lectura, es cierto que esta obra ha conseguido enganchar a cientos de miles de lectores por todo el mundo. Y aunque esto se haya hecho a costa de cierta superficialidad o de un exceso de comparativas (un tanto insostenibles a veces) entre el mundo clásico y la actualidad, la obra deja un buen gusto en el paladar: se aprende con él.

Por último debo señalar que muchos de los libros de la bibliografía son obras clave en su género. De hecho, muchas de ellas son bastante mejores que este ensayo para acercarse a tantos de los temas que Irene trata aquí... Aun así, he echado en falta algunas obras que podrían haberle conferido más propiedad al discurso de la autora (Oralidad y escritura, de Walter Ong, En el Viñedo del Texto, de Iván Illich, Oralidad y escritura de Olson, El drama de la ciudad ideal de Victor Gómez Pin...).

Postdata: Me llama la atención que tantos grandes especialistas en cultura clásica (García Gual) o intelectuales de altísimo talle (Rafel Argullol) hayan cantado las excelencias de esta obra. Creo que ello se debe a que es un alegato en defensa de la cultura clásica, destinado a renovar el deseo por las raíces de la cultura occidental. Algo tan necesario que, aunque haya podido ser a costa de ingredientes sentimentaloides y de cierta superfluidad, se le puede perdonar. Sin duda, los consejos que ha recibido Irene Vallejo han desempeñado un papel clave en el gran número de anécdotas y datos curiosos que este libro presenta.